Para definir un sistema se puede utilizar una doble perspectiva, según el criterio espacial bajo el que describamos sus elementos: a saber, lo que está dentro de él o lo que la misma dinámica de formación del mismo, ha excluido. El sistema educativo no es ajeno a esta posibilidad ya que desde sus inicios funciona con un modelo de persona educada que responde –entre otras- a unas características como: ser varón, de clase media, con una inteligencia adecuada, con un funcionamiento correcto sensorial, con un saludable desarrollo corporal y en consecuencia con unas plenas capacidades físicas y mentales que, encauzadas a través de una idónea dirección moral, tuviera el resultado de una buena adaptación social. Pero ¿qué sucede cuando aparece la diferencia? ¿qué hacer ante la deficiencia intelectual, la limitación auditiva, la discapacidad visual? ¿y qué hacemos con quien sencillamente no quiere acudir al encerramiento de las aulas o quienes, habiendo asistido a ellas no han asumido los principios básicos de regulación de una conducta social adaptada?
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